domingo, 14 de agosto de 2011

IN MEMORIAM


24/01/2011 En memoria de Luis Jaime Cisneros
ABC de Sevilla
La próxima vez que viaje a Lima ya no volveré a ver a Luis Jaime Cisneros (1921-2011), el más sabio y querido de mis maestros. Pertenecía a una familia de ilustres poetas e intelectuales peruanos, fue director de la Academia Peruana de la Lengua, lingüista, filólogo y maestro de varias generaciones de intelectuales peruanos, desde Mario Vargas Llosa en la Universidad de San Marcos hasta Santiago Roncagliolo en la Universidad Católica de Lima. Yo lo quería y lo admiraba incondicionalmente, y por eso me atrevo a hablarles de él, acogiéndome a la generosidad de los lectores sevillanos.
Como el hijo mayor de Luis Jaime era compañero mío en el colegio, su residencia de Miraflores fue mi primer contacto con una biblioteca babélica, pues los libros tapizaban todas las paredes de la casa, colonizando las esquinas, los corredores, las escaleras, los bajos de las mesas y los alféizares de las ventanas. Desde aquella tarde remota de 1976 he visto varias bibliotecas más, pero ninguna me ha impresionado tanto como la de Luis Jaime, sobre todo cuando descubrí —ya en la universidad— que los retratos dedicados que decoraban sus estanterías no pertenecían a ningún antepasado suyo, sino a Juan Ramón, Azorín, Ayala, Gómez de la Serna y otras figuras de la literatura española.

Gracias a Luis Jaime conocí personalmente a Borges y fue Luis Jaime quien animó siempre mi vocación docente. Me encantaba escucharlo leer en alta voz, ejercicio que él mismo practicaba admirablemente hasta en tres lenguas distintas. Yo he leído «Rayuela» y también he escuchado «Rayuela» en la voz de Luis Jaime Cisneros, de manera que las cartas a Rocamadour no puedo leerlas de otra forma que no sea con las inflexiones de Luis Jaime.

Todos sabemos quién fue el maestro que cambió nuestra vida, que nos dio los consejos precisos en el momento oportuno y que supo alentarnos con rigor y cariño en las horas más terribles. Luis Jaime Cisneros fue ese maestro para mí, y aquí no puedo abrazarme a nadie que lo haya querido tanto como yo, para llorarlo y recordarlo como sería preciso. Luis Jaime presentó mi primer libro en 1987 y luego me regaló aquel texto para que lo usara como prólogo de futuras ediciones. Yo le dediqué los ensayos reunidos en «Mi poncho es un kimono flamenco» (2005) y pensaba darle la sorpresa de verse citado en el estudio preliminar de Arte de introducir, otro libro de ensayos que tenía a punto de salir, aunque ya es demasiado tarde.

Camino del instituto le hablé a mi hijo Andrés de Luis Jaime. Le conté que cuando yo tenía su edad —15 años— Luis Jaime fue a mi escuela para darnos una charla de orientación vocacional, donde nos dijo que después de la vida venía la muerte, pero que después del colegio no venía la universidad. Aquella frase no ha dejado de resonar en mi memoria y muchas veces he cambiado los extremos para emplearla como argumento.

Ha muerto Luis Jaime Cisneros, un hombre bueno y eminente, cariñoso y extraordinario. Sé que quizá no lo conocían, pero les doy las gracias por acompañarme en mi dolor. 

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